La Cultura de la farsa


En las últimas décadas con el avance de la derecha y la ultra derecha neofascista, el antifascismo se presenta como un frente de lucha interclasista que abarca bajo la misma bandera desde anarquistas y comunistas (ambos de por sí antifascistas), hasta organizaciones progresistas y socialdemócratas liberales que encuentran en éste una forma de pronunciarse “en contra de” sin comprometer ni modificar estructuralmente nada, incluso algunas se definen simplemente antifascistas, sacando provecho de esa unidad. Así existen antifascistas (que son los más antifa de todos los antifa) que en nombre de la unidad, nos imponen la subordinación a su conquista de poder. ¿Qué sucede cuando causas, luchas colectivas y principios políticos son mercantilizados?

Entendemos que es un tema que nunca va a ser el momento para poner en la mesa, pero no podemos seguir construyendo un movimiento sobre mentiras y mirar para otro lado. Nos referirnos a un espacio, que si bien se presenta como un club antifascista, skinhead, anticapitalista, antipatriarcal, contra el racismo y la xenofobia en Buenos Aires, termina siendo una fachada que esconde una organización jerárquica rígida, autoritaria, rojipardista y machista que mercantiliza el antifascismo.

Entendemos que es un tema que nunca va a ser el momento para poner en la mesa, pero no podemos seguir construyendo un movimiento sobre mentiras y mirar para otro lado. Nos referirnos a un espacio, que si bien se presenta como un club antifascista, skinhead, anticapitalista, antipatriarcal, contra el racismo y la xenofobia en Buenos Aires, termina siendo una fachada que esconde una organización jerárquica rígida, autoritaria, rojipardista y machista que mercantiliza el antifascismo.

El antifascismo en venta

La puesta en escena con banderas de diversos lugares, cartelería con diversas consignas políticas entre ellas feministas, LGTBIQNB+, por Palestina, SHARP, etc, te hacen sentir que estás en el lugar correcto, que eres parte, ya que seguramente con alguna de todas esas consignas, banderas, camisetas concuerdas políticamente. Lo que aparenta a simple vista ser un club antifascista, no es más que la cultura de la farsa, mientras más banderas se monta, resulta más antagónica. Un lugar en donde todo venden: el relato grandilocuente, autoreferencial y mesiánico apelando todo el tiempo a lo subjetivo y sentimental, el culto a la estética, los eslóganes revolucionarios y el mercado antifa para que compres sus productos y servicios. Sin embargo cuando ingresan a su local en el aniversario de SHARP Bs As 20 Años un grupo de neonazis de mierda a ver un concierto, los propios “referentes del antifascismo en buenos aires” les venden cervezas. Es tan increíble la situación que hasta los propios neonazis les han dedicado una canción riéndose en su cara (Gladius, Contala como quieras). Que vayan neonazis a participar de los conciertos sin que se les eche porque les compran cervezas es corriente, como lo es que entrenen y participen de los eventos sion/stas. Una identidad política, vacía de contenido que sólo se sostiene por el mostrarse ante otrxs, construyendo la apariencia de lugar sagrado.

El fetichismo del club la Cultura de la Farsa, oculta detrás del “sin fines de lucro” un negocio que vende el antifascismo y lo corrompe. Llevado adelante por el caudillo antifa, su esposa, su hermano y su amigo profesor de boxeo, rotando entre ellos los cargos de toma de decisiones, a su vez que eligen a dedo a sus amigos (depende de la demostración de lealtad con el caudillo) para conformar la comisión directiva del club, que es un dibujo. Vendiendo la falsa idea de cooperativa, gran familia o “la colaboración”, explotan laboralmente y se aprovechan de compañerxs, siendo las cabezas de la organización quienes se hacen de ganancias y actúan como verdaderos patrones. Una estructura rígida, jerárquica, autoritaria, rojipardista y patriarcal en la cual para mantener la coherencia del grupo, se deben silenciar las contradicciones, la diferencia de opiniones y expulsar la disidencia. La seguridad entre ellxs es la ausencia de conflicto, la confianza se da en las alianzas secretas para desestabilizar o desacreditar al/x otrx y el pacto patriarcal es ese “nosotros” sinónimo de lealtad al Caudillo Antifa.

El “Caudillo Antifa” es la piedra angular de la organización, un oportunista a lo largo de los años, ropijardista, misogino, lesboodiante y transfóbico solapado, mientras que el colectivo LGTBIQNB+, entre otrxs, le genera dinero armando eventos en su club en el que levanta banderas y consignas que para él son sólo un adorno, una puesta en escena. No resulta raro la falta de comisión de género y espacios abiertos feministas en el club. Un varón al que nadie se anima a contradecir internamente, una autoridad que levanta su propio púlpito de autorreferencia ya sea por supuestas experiencias vividas o simple paso del tiempo atornillado al mismo lugar, ganando dinero gracias al antifascismo y sus traiciones. La necesidad de atención y autoafirmación permanente, donde el medio político, la coyuntura y el contexto pasa a ser un instrumento para satisfacer su propia autoimagen y ser así el protagonista de su propia novela.

En cada relato que el caudillo antifa arma, queda en evidencia la grandilocuencia de sucesos (agrandados o inventados) donde lo importante es destacar y crear escenarios ficticios para ser validado y aplaudido, cuando no el victimismo manipulador para recibir la palmada en la espalda y el dinero en la cuenta. Porque también sería interesante preguntarnos ¿De qué trabaja durante estos últimos 15 años el caudillo para darse la vida que lleva? Tener una colección de cientos de zapatillas y de camperas adidas originals, una colección de ropa de marcas deportivas y de diseño de Europa, prendas de coleccionismo de indumentaria, etc, para mantener su imagen “Skinhead o Antifa”. Hacer viajes a Europa y otros países de Latam, hasta poder comprarse su casa y refaccionarla en el medio del barrio sion/sta de Villa Crespo, cobrando un subsidio del estado en pandemia por estar en el paro. Parece que ser vendedor del antifascismo deja mucho dinero.

Habría que dar a conocer cómo este oportunista fue escalando utilizando a AFA Bs As y a SHARP Bs As aprovechando oportunidades de contexto, para hacerse de ambos espacios y crear esta Cultura de la Farsa, pero eso es una historia para otro momento. Algún día se tendrá que hacer un documental con todas las personas que este personaje usó, luego descartó y traicionó; de las mujeres que manipuló, violentó y abusó emocional y sexualmente a lo largo de su vida. Dar cuenta de su odio hacia lxs anarquistas traducido en cacerías y enfrentamientos con anarcopunks en las calles; su desprecio a los espacios anarquistas, presentarse en sus actos conmemorativos para hacer presencia, incomodar y buscar el conflicto. Sin embargo, hace uso de sus principios para convertirlos en eslóganes baratos de su club/organización. El antifascismo resulta ser el manto sagrado, la fachada y el medio, apropiado y capitalizado para beneficio propio, convertido en un producto/servicio para ganar por un lado dinero y por el otro estatus de poder, aunque no menor el pacto patriarcal es su condición de posibilidad.

El pacto patriarcal en el club es fundamental, mantiene la dominación y complicidad jerárquica por parte del caudillo dentro del grupo fundacional y de la comisión directiva, del grupo operativo (profesores y docentes) y hacia afuera (amigos, colegas, socixs, hinchas y simpatizantes). Un acuerdo implícito, a veces explícito y una red de complicidad entre varones, para mantener entre ellos sus privilegios, intereses, poder y estatus dentro del club o fuera de él, acorde al lugar que ocupen en la jerarquía, que a su vez es primordial cuando se generan situaciones de violencia de género, acoso o abuso a compañeras, parejas o exs. Mientras más alto sea el lugar que ocupa en la jerarquía, más fuerte es el pacto patriarcal. Algunas mujeres también adhieren a este sistema como estrategia de supervivencia, para mantener el lugar de privilegio que han adquirido y que tanto les ha costado, por validación o pertenencia dentro de la organización. Es así como algunas mujeres víctimas de violencia de género, devienen en cómplices y victimarias de otras víctimas, rompiendo todo lazo de solidaridad entre ellas, víctimas de la misma violencia de género muchas veces perpetrada por el mismo varón. La adhesión al pacto patriarcal con el caudillo antifa es lo que asegura o no la pertenencia al grupo principal: el séquito de la Cultura del Macho.

Las formas de dominación y centralidad de poder se pueden observar en un lugar físico particular del club: la barra. Delimitación territorial de lxs que están dentro y fuera del séquito leal, lugar de control del caudillo donde se realiza y materializa su ganancia económica, hasta en la fecha más “solidaria”. Siendo su lugar de confort, de intercambio de charlas y festejos, también su lugar de dominación, de violencias, explotación laboral, agresiones, maltratos, acosos y abusos sexuales, todo sucede en la barra.

El murmullo que no hace justicia por las víctimas y la cultura de la crueldad

Desde sus inicios pese a definirse como “espacio libre de actitudes misóginas, machistas, transodiantes, lesbofobicas, etc” se escuchan entre recitales y eventos en diversos lugares, los comentarios y relatos de muchos casos de pibas acosadas, violentadas y abusadas en el club, en su vieja sede y en la actual, la Cultura del Macho: 15 años violentando y abusando pibas. Es ese secreto a voces que todxs sabemos pero nadie se anima a decir, mucho menos a confrontar y acá viene el problema: ¿Qué ocurre cuando las actitudes autoritarias, misóginas, de violencia de género, acoso y abuso provienen y son naturalizadas de parte de la mayor jerarquía del club, es decir del “caudillo antifa“ y su séquito?

La revelación de violencia de género y abusos en manos de estos, no conlleva a protocolos de actuación ante la situación de violencia sufrida, espacios de escucha, contención, justicia y reparación hacia las víctimas directas e indirectas, con la finalidad de resolver el conflicto, modificando estructuralmente el espacio donde el daño fue posible. En la Cultura del Macho, deviene en realidad en la construcción de un chivo expiatorio sobre el cual descargar la frustración colectiva, que esconde el no soportar la contradicción entre lo que creen que son, lo que dicen ser y lo que realmente son, además de resultar necesario para resguardar intereses, privilegios y estatus de poder en todos sus niveles. El pacto patriarcal cierra filas encubriendo al agresor/es, genera complicidades y unifica al colectivo a través de un victimismo manipulador invirtiendo los roles con las víctimas, construyendo narraciones engañosas y difamatorias intentando justificar los medios (la funa y el linchamiento social), los fines (punitivistas y destierro de las víctimas) y como broche la aparición de forma espasmódica y cómplice de la “comisión de género” conformada por esposas, novias y amigas suyas, cuyo rol es similar al de un limpiador fúnebre, construyendo toda una puesta en escena de encubrimiento y complicidad. La Cultura de la Crueldad, cuya finalidad no es solamente ocultar la verdad, intentar destruir a la/s víctima/s y mantener el pacto patriarcal, sino sostener la farsa antifascista que es el motor del ingreso de dinero y estatus político-social del que se valen.

Tolerar a los varones violentos-acosadores-abusadores por el lugar de poder que ocupan o por afinidad, parecería ser más fácil que confrontarlos, ya que requiere una energía psíquica, física y política que salvo sus víctimas, nadie está dispuestx a gastar. A fin de cuentas linchar socialmente al chivo expiatorio, nos libera de la responsabilidad y contradicción ética y política de seguir participando de un espacio que violenta y abusa a las pibas y es menos peligroso que enfrentar a quiene/s es/son realmente una amenaza dentro de la organización. Sobre todo si existen privilegios o intereses que pueden verse perjudicados por la relación directa que tengan con el/os agresor/es, el linchamiento se convierte en condición imprescindible para defenderlos. Así la estructura que hizo y hace posible el daño, sigue intacta.

A modo de conclusión, ¿Qué estamos sosteniendo? ¿A quién estamos defendiendo?

Hacemos un llamado a organizaciones, colectivos, bandas, individualidades, etc, a ser coherentes políticamente y no continuar contribuyendo al sostenimiento de esta estructura corrupta que lucra económica, política y socialmente a costa de nuestras luchas y principios, además del daño que generan a compañerxs. Hace muchos años que sabemos de los vicios de este club cuyo funcionamiento es de secta y no merece ser llamado antifascista, por respeto a las organizaciones verdaderamente antifascistas y a lxs compañerxs que dieron y dan su vida por luchar contra el fascismo. Este asunto es político, no es privado, ni individual y nos corresponde. El silencio, la corrupción, el pacto patriarcal, el lugar pasivo-agresivo, la naturalización de la violencia de género, la revictimización de las víctimas, las difamaciones de manual y el hacer que no ha pasado nada, entre otras, perpetúa la impunidad y genera las condiciones para que continúe sucediendo. La seguridad de nuestros espacios no se mide por lo que decimos en nuestras declaraciones de principios, nuestras camisetas o banderas de forma estática, sino por quienes somos capaces de sostener, a quienes elegimos expulsar y por sobre todo, a quien nos atrevemos a confrontar ante una denuncia por violencia de género. Apañamos a las compañeras que tienen la valentía de denunciar a los varones de la Cultura del Macho.

Si quieres contarnos tu historia o ponerte en contacto con nosotrxs: nuestratribuna2026@riseup.net

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En las últimas décadas con el avance de la derecha y la ultra derecha neofascista, el antifascismo se presenta como un frente de lucha interclasista que abarca bajo la misma bandera desde anarquistas y comunistas (ambos de por sí antifascistas), hasta organizaciones progresistas y socialdemócratas liberales que encuentran en éste una forma de pronunciarse “en contra de” sin comprometer ni modificar estructuralmente nada, incluso algunas se definen simplemente antifascistas, sacando provecho de esa unidad. Así existen antifascistas (que son los más antifa de todos los antifa) que en nombre de la unidad, nos imponen la subordinación a su conquista de poder. ¿Qué sucede cuando causas, luchas colectivas y principios políticos son mercantilizados?

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